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| Holding familiar>>> A fondo con los Pérez Cruz |
| Por Lorena Ampuero / Fotos: Bárbara San Martín |
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Cuando el patriarca del grupo Pérez Cruz –Pablo Pérez Zañartu– cumplió los 70 años, los celebró con un almuerzo en su fundo Liguai de Huelquén, en las cercanías de Paine. Reunió a su mujer, Mariana Cruz Costa, y a sus 11 hijos –quienes acostumbraban a veranear allí– y les comunicó un mensaje: “Siempre permanezcan unidos”, les dijo. Poco tiempo después, este empresario ligado a la Compañía General de Electricidad (CGE) por muchos años y uno de los fundadores de Endesa en Chile, además de ministro de Obras Públicas de Alessandri, murió. Desde ese momento, hasta hoy, este grupo de hermanos – que hoy son 10, tras la muerte de Cristián el 2004–, se las ha arreglado para no separar aguas y mantener sus inversiones en conjunto. “Muchos nos han dicho que somos exitosos. Pero la única gracia que tenemos fue apostar por mantenernos unidos, lo que no sólo implica trabajar codo a codo, sino que sobre todo aprender a escuchar, respetar los compromisos y por supuesto la palabra empeñada, valores que recibimos de nuestros padres”, explica de entrada Matías Pérez Cruz, quien es el que más se ha dedicado al rubro energético.
Pero no sólo eso. Ya en los ’80, el patriarca visualizaba la necesidad de traer gas natural desde Argentina, que en esos años era excedentario, así como también tenía claro el potencial de la Región de Magallanes. “Siendo mi padre presidente de la compañía, participó en el ’82 en la licitación de la distribución de gas natural en Magallanes, que estaba en manos de Enap. Y la obtuvo. El estaba muy consciente de que Magallanes era la única región en Chile que tenía hidrocarburos”, dice el empresario. El gran salto
Así, la primera medida que adoptaron fue profesionalizarse al máximo, desarrollando una estructura donde ellos participaban sólo a nivel del gran directorio y los comités directivos. La gestión quedó en manos de un gerente general, José Ignacio Laso, y de los gerentes de área. Partieron sacándole provecho al campo, donde tenían algunos cultivos, hectáreas de almendros y ganadería. “El bichito de la ganadería siempre lo hemos tenido. Partió mi hermano Cristián comprando un campo en el sur y luego seguimos algunos de nosotros comprando más tierras y en el 2004 la familia adquirió un fundo en Futrono”, cuenta José Tomás Pérez Cruz, el más ganadero de todos y un activo participante en la Federación Nacional de Rodeo. Actualmente, tienen 1.300 hectáreas en el sur de Chile destinadas a ganado cuya producción se usa para abastecer industriales, supermercados y mataderos dentro del país. “Hoy estamos en los 6.000 a 6.500 animales y tenemos potencial para llegar a los 7.500 y 8.000 cabezas. Estamos estudiando la posibilidad de integrarnos en la cadena y explorar nuevas alternativas en cuanto a venta de un producto más terminado. Ojalá el día de mañana podamos llegar a un producto final para el consumidor”, enfatiza José Tomás.
En el 2000 se lanzaron con la marca y crearon la bodega, registrando varios nombres posibles: el Inca y Las Pircas estaban entre las alternativas, hasta que un grupo de expertos del marketing les dijo que Pérez Cruz era el nombre que andaban buscando. “Lo rechazamos al principio, pero al final nos dimos cuenta de que esto era emprender de verdad algo en familia”, comenta el ejecutivo. Hoy la viña es reconocida entre sus pares y en el rubro por la calidad de sus vinos. Venden 65 mil cajas al año, la mayoría de las cuales s enviada al exterior, siendo sus principales mercados: Canadá, Reino Unido, Europa, Asia, Estados Unidos, Brasil y Colombia. Sus ingresos bordean los US$ 3 millones anualmente, teniendo dos vinos iconos: Quelen y Liguai. Para los próximos años, la familia tiene claro cuáles son sus tareas pendientes: “El área enológica tiene un tremendo desafío, que es lanzar el vino icono Cabernet Sauvignon puro, pero también duplicar las hectáreas para llegar a las 120 mil cajas entre el 2012 y 2014”, reconoce el empresario. Y no sólo eso, pues el grupo está muy consciente de que el negocio vitivinícola va muy de la mando con el turismo. “Si tenemos un sueño es poder llegar hasta la meta final. Ya la hemos pensado y trabajado, queremos tener un restaurante o un hotel”, explica Andrés Pérez Cruz. Para dar un manejo eficiente a sus ya diversificadas inversiones, la familia definió cuatro segmentos de negocios. Así distinguen: el área vitivinícola (viña), el área agrícola (negocio ganadero y cultivos), el área de inversiones (participaciones en sociedades anónimas abiertas) y el área de eventos. “En el centro de Santiago tenemos una casa que fue de nuestros abuelos y luego la adquirió mi padre. Es el Centro de Eventos Casa 18, que está en la calle Dieciocho 190. La restauramos y ahí se hacen muchos eventos. Estamos orgullosos porque conservamos un patrimonio histórico de Santiago”, advierte Matías Pérez Cruz. El grupo también realiza labores de mecenazgo y filantropía, temas que son liderados principalmente por las hermanas, Mariana, Loreto, Bernardita, Ana María, Carmen Gloria y Ximena. Ellas destinan bastante tiempo a apoyar diversas fundaciones, así como también a manejar la Fundación Osvaldo Pérez Valdés y María Luisa Zañartu de Pérez, que entrega cada dos años un premio a quien por su talento o empuje haya hecho algún desarrollo en bien del país. Para las grandes decisiones, los Pérez Cruz cuentan con el Consejo Familiar, integrado por todos los hermanos, quienes se reúnen cada dos meses, donde revisan los temas propios de la familia y de las empresas. Y anualmente realizan la Asamblea General, donde participan todos los integrantes de la familia que sean mayores de 15 años, reunión que por lo general se hace fuera de Santiago. En esta maratónica tarea de manejar las inversiones en conjunto, los Pérez Cruz ya están trabajando en el traspaso de los negocios a la tercera generación. Y es que tienen claro que sólo así pueden mantener la continuidad de la familia en el tiempo, tal como lo han logrado hasta ahora |






Si bien su participación en el rubro energético es lo que los ha hecho mayormente conocidos en el ámbito privado, lo cierto es que este grupo que cultiva un bajo perfil y cuyas apariciones en prensa han sido muy escasas, se diversificó tras la muerte de su padre y apostó a construir empresa desde cero. “Nosotros no éramos una familia empresaria. Teníamos acciones en compañías, pero nada más desarrollado. Mi padre le tuvo mucho cariño al campo, pero nunca obtuvo un solo peso de él. Cuando murió, decidimos darle un carácter más empresarial”, cuenta Matías Pérez Cruz.
A la par del negocio ganadero, la familia también incursionó en otras áreas. En el ’93, los Pérez Cruz plantaron 27 hectáreas de cepas tintas en el campo de Huelquén, cuya producción la destinaban a las grandes viñateras de la industria como Concha y Toro y San Pedro. “Les vendíamos uva y vino a granel”, reconoce Andrés Pérez Cruz. No obstante, las ganas de tener su propio vino no tardaron en llegar. “Estuvimos varios años en ese proceso hasta que en el ’98 decidimos plantar más hectáreas y aventurarnos en la vinificación”, explica el presidente de la viña.
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